Desde hace tiempo para el papá de mis hijos le pareció que “Mely” podría ser una muy buena fuerte de ingresos. Desde el principio no me he sentido cómoda con esta idea, porque en mi vivencia con canes, mi familia nunca ha participado en ese tipo de “negocios”, pero nunca he dicho nada al respecto, principalmente por miedo.
Hoy fuimos a una tienda veterinaria para comprar comida para “Tila”, nuestra tortuga, había tres perros a la venta y se me acercó diciendo: “Ya ves, cada uno de esos cachorros los están vendiendo a $1,500 ¡cada uno!”, ¿Yo? Sin comentarios, curiosamente, la noche anterior lo platiqué con mi hija. Entiendo que para ellos sería una experiencia especial el observar todo el proceso de cómo nacen los perritos, que quizá un video y el asunto vivencial no sean lo mismo, pero definitivamente podrán continuar sus vidas sin ello. ESTO era uno de los argumentos del por qué “debíamos” cruzarla, que ahora queda descartado.
Si bien ninguno de los dos está pasando por momentos económicamente estables, la “salida” de vender cachorros o siquiera de pensarlo como un negocio no es precisamente lo que yo llamaría un negocio del cual me sentiría orgullosa. Hacer que “Mely” se embarace para que sean sus crías las que nos provean de dinero, definitivamente no entra en mi código de sensibilidad de vida. Por el momento, seguiré trabajando para CocaCola, que tampoco me enorgullece, pero al menos es un dinero que obtengo YO por un trabajo hecho bien o mal, por MI. De nuevo, queda descartado.
Y luego, entra este asunto de la responsabilidad, que ayer traté de explicar ampliamente con mi hija: Cuando uno adopta, por cualquier medio una mascota, te haces responsable por su bienestar y en definitiva, en este caso, por el futuro bienestar de su descendencia. Proponiendo el caso de cruzarla, no voy a vender sus crías, pero puedo regalarlas y a quienes lo haga, no puedo garantizar al 100% que serán dueños responsables por eso, por un lado debo asegurarme que si ese cachorro llega a la calle no tenga más, porque irresponsablemente acrecentaremos la población de manera exponencial. Así que es necesario entregarlos castrados y para ello, se requiere dinero, un amigo veterinario, tener a la mano una campaña de castración a muy bajo costo, saber de algún programa universitario de prácticas o similar. Por el momento, no hay ninguna de esas opciones, así que sigue sin ser una “buena” opción. Sigue descartándose.
Si optara por venderlos, fomentaría algo con lo que no estoy de acuerdo. Así como yo no vendería a mis hijos como fuente de ingreso, tampoco lo haría con ella, quitándome un poco esa idea de sufrimiento que puede sentir, la verdad es que es insensible el comercio de la vida, sin importar de qué especie se trate.
No es incoherencia, cuando compramos a “Mely” era ignorante de estas cosas, aunque hacerlo no fue mi primera opción, antes intenté adoptar a cuando “callejero” me topaba, no había sido del todo sensible a este asunto del respeto por la vida. Pero ahora entiendo y no podría ser parte de esa cadena de falta de sensibilidad… honestamente, no confiaría en ningún veterinario que lo haga. ¿Confiarías en un médico que se dedica al comercio de vidas humanas?
Cada vida que llega a este planeta implica el consumo de recursos. Ya no sólo se trata de si tienes la capacidad económica para mantenerlos, también es que existen menos recursos naturales para los que ya existimos. Nos estamos terminando el agua para consumo y aún transformando el agua salada en consumible los números no mentirían en afirmar que en algún momento, esos recursos no volverán en generaciones.
Ahora me queda investigar y resolver sobre la operación de “Mely”, luego el “round” con el señor y al final, los dos continuar con nuestras decisiones de vida…
**Actualización: "Mely" murió el 13 de octubre del 2011. Una tarde salíamos a la papelería y ella se escapó, una camioneta le pasó encima. El lunes siguiente, adoptamos una gatita que rescaté de debajo de un contenedor de basura. Un par de semanas después, adoptamos a "Milly", especie de labrador color negro. La gatita se fue. A "Milly" la dimos en adopción porque mis hijos le tenían miedo, no era agresiva, sólo muy grande y brusca para ellos. Ahora vive con nosotros "Molly", una beagle que trajo el papá luego de encontrarla vagando por la calle.
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