15 agosto 2011

** Los perros de mi vida



Cuando tenía pocos años de nacida, teníamos un perro negro mechudo, de él no puedo hablar mucho porque no lo recuerdo, sólo mi familia.


Luego, tuvimos a la “Bikina”. Una perrita de pelo corto blanco y negro. De ella lo más trascendental que recuerdo es que tuvo cachorros y en algún rincón de mi memoria tengo grabado el olor en la casa, luego de haber parido. Esas crías pararon en el hogar de alguna familia amiga de mis padres.

Después, vino “Fido”, un güero mechudito. Recuerdo que alguna vez, en el tiempo en el que estaban construyendo la planta alta de la casa de mis padres, estuvo trabajando un plomero en la instalación y a veces, subía a platicar un rato con él o para ver qué estaba haciendo y en ocasiones “Fido” me acompañaba.
En algún momento nos encargaron a un Dálmata, el “Dick”, sus dueños tuvieron que regresar a Escocia por un par de semanas. En esos días nos encariñamos con él, aunque sabíamos que en algún momento regresaría con sus “papás”.

“Kalimán” fue el perro que más me acompañó en la infancia. Le pertenecía a la familia de mis tíos que en algún tiempo vivieron en el mismo terreno con nosotros, en la casa que mis padres habitaron antes de construir la grande. La anécdota que la mayoría recordamos de él es que cuando escuchaba o sabía que lo iban a bañar, salía corriendo, algunas veces hasta desaparecía por varias horas o días. Cuando se conseguía bañarlo, al terminar, corría desesperado a bañarse de polvo y pasto. Mis tíos se mudaron a una colonia cercana y con ellos se fue el “Kalis”, dejé de verlo por muchos años. El día que lo volví a ver, me reconoció con tanta emoción que no contuve las lágrimas mientras lo acariciaba. Murió hace años y estoy casi segura que por ahí todavía vaga su carga genética en algún “cuatro patas”.
Al negocio de mi padre llegaban varios perros, algunos de paso otros los conservaba el mecánico que tenía su local a un lado. Algo similar pasó con la “Matiana”. Era una perra grande, al menos así la recuerdo quizá este asunto de la relatividad me engaña un poco pues cuando existió yo era aún una niña. Juguetona, muy puntual a la hora en que mi madre le llevaba la comida a mi padre y después de algunos días, se ganó las sobras de la familia. Negra con manchas cafés, delgada, cabello corto de orejas grandes que le colgaban, en algún momento nos tocó verla preñada y luego, no recuerdo qué pasó con sus cachorros. A veces no llegaba a comer y asumíamos que estaría vagando por ahí o que quizá ese día el dueño le habría dado de comer, pero luego de varios días que no la había visto mi papá me dijo que había muerto, tenía parásitos y nunca la atendieron. Donde vivo ahora, hay una perrita, negra, que me la recuerda, al principio pensé que no había quién se encargara de ella, está flaquita y responde cariñosa a la caricia humana, mi perra no es muy amigable con “Ofelia”, así se llama, así que procuro no ponerlas juntas la mayor parte del tiempo aunque ya hubo un acercamiento un poco más amigable, quisiera adoptarla, pero a ella no le parece el trato, así que siempre dejo que regrese con su familia, mis vecinos del frente.
Luego, tuvimos una perra, cocker, que no recuerdo su nombre. Desafortunadamente en una falta de mi pericia automovilística, otro tanto por mi inexperiencia y sentido común y, finalmente también por la falta de experiencia de ella, terminé atropellándola el día que mi padre me soltó por primera vez el que sería mi primer auto. Ese día, es uno de los momentos que no he olvidado.
“Joy” fue, una perra que compró mi hermana. Una cocker spaniel, dorada, hermosa, muy inquieta y traviesa, como lo es esta raza, la recuerdo mucho por eso ya que creó conflicto con el carácter de mi hermana y por eso, la regaló con unos amigos.
Después de tantas experiencias con perros, un día decidí que “lo mío” eran los felinos, así que adopté a “Niño”, un gato. Mientras mi “Niño” fue pequeño se mantuvo en casa, pero en cuanto la naturaleza lo llamó, desaparecía de vez en vez y en un par de ocasiones cuando regresó a casa, lo hacía lastimado, una vez tuve que llevarlo prácticamente de emergencia con el veterinario y fue él el que me sugirió que lo castrara, pero no fue impedimento para que durante un viaje que hice a Mérida desapareciera y no lo volviera a ver.
Hoy vive con nosotros “Mely”, que pasó por “Pixie” y “Hada” antes de que mi hija decidiera su nombre. Antes, llegó a nuestra casa una cocker, que adoptamos y ya le habíamos puesto nombre, pero tenía planes diferentes y una mañana ya no estaba con nosotros, regresar a la vida en la calle era más tentadora, al parecer. A “Mely” la compramos en una veterinaria donde estaba con dos hermanos, hembra y macho, llegó hace casi dos años cerca de Navidad y desde entonces ella representa para mí, enseñanza sobre lo que soy y lo que puedo ser.



P.D. 13/10/2011 Mely murió, atropellada. Salió corriendo de la casa, al cruzar la calle una camioneta de la policía pasó y quedó debajo de ella, la camioneta se detuvo pero al intentar salir de ahí, la camioneta se movió y pasó sobre ella. Murió casi instantáneamente.